Me pregunto si habrán confeccionado su propio cartel de venta, o lo habrán encargado a otro negocio.
(Gracias Pher Chorny por la fotografía)
Me pregunto si habrán confeccionado su propio cartel de venta, o lo habrán encargado a otro negocio.
(Gracias Pher Chorny por la fotografía)
Hay una paradoja clásica pero deliciosa, que encuentro aperiódicamente en mis lecturas: la paradoja de los dos sobres.
Nos dan a elegir entre dos sobres con dinero, diciéndonos que uno tiene el doble de dinero que el otro. Una vez que elegimos uno, nos dan la opción de cambiarlo por el otro.
Pensamos: “Sea la cantidad de dinero de este sobre. Si lo cambio por el otro, mi esperanza es de
, la cual es claramente mayor que
. Por lo tanto, me conviene cambiar.”
Tomamos el otro sobre. Pero antes de abrirlo, pensamos: “Sea la cantidad de dinero de este sobre. Si lo cambio por el otro, mi esperanza es de
, la cual es claramente mayor que
. Por lo tanto, me conviene cambiar…”
Y así siguiendo. ¿Cómo salir de semejante bucle?
Hay algún tipo de fallo en los razonamientos, pero no es tan claro cuál sea. Aquí pueden encontrar algunas argumentaciones razonables al respecto.
Cuenta Manuel:
Estaba por quemar un diario y Lena dijo “No, papá, ¡no lo quemes, por favor!”
“Pero Lena, es un diario de hace un mes: del 17 de diciembre.”
“Pero ese día ¿no va a volver a pasar?”
“No”
“Ah, entonces quemalo.”
Dicen que los humanos somos la única especie que tropieza dos veces con la misma piedra. Dudo que seamos los únicos, pero sí somos bastante propensos al los errores seriales. Lo más triste es cuando algunos se aprovechan de ese defecto.
Ya son tristemente célebres los scams nigerianos: estafas que consisten, mayormente, en pedir a la víctima ayuda para transferir cierta cantidad de dinero hacia su país, por lo cual se promete cierto porcentaje de la transacción. Leemos en Boing Boing que hace poco surgió una nueva y retorcida variante, orientada a personas que ya hubieran sido engañadas por estafadores nigerianos.
Básicamente, la idea es convencerlos de que el gobierno nigeriano quiere recuperar su buena imagen mundial, y por eso están indemnizando a las víctimas de los scams. Y así los llevan hacia una nueva maniobra burocrático-bancaria que termina costándoles más dinero.
Ingenioso, ¿no?
¿Para qué salir a correr o caminar gratis, si se puede gastar un montón de dinero en esta máquina para correr al aire libre?
Eduardo Pinillos, que vive en Holanda, me comenta sobre este curioso bucle cultural:
Durante el siglo XX el mito de San Nicolás sirvió de origen al mito de Santa Claus. La ciudad norteamericana de Nueva Amsterdam era una colonia holandesa en la costa de los actuales Estados Unidos. En ella se celebraba también la fiesta de San Nicolás, cuyo nombre –Sinterklaas– fue adaptado al inglés como Santa Claus. La ciudad fue tomada más adelante por los ingleses y cambió su nombre por el de Nueva York. De Estados Unidos el mito de Santa Claus se extendió a toda Europa, incluyendo los Países Bajos, donde en navidad Sinterklaas compite consigo mismo en la forma de Santa Claus.
(texto extraído de la Wikipedia)
Esto me hizo pensar en algo que me pasó varias veces: escucho alguna anécdota protagonizada por “un amigo de un amigo de un conocido”, para darme cuenta de que ese fulano resulto ser yo mismo, y la anécdota está tal vez deformada o exagerada, pero aún reconocible. Es muy divertido entonces ir preguntando o sugiriendo detalles de la situación, y parecer clarividente. ¿Les pasó alguna vez?
Plétora de Piñatas es una tira cómica muy recomendable. Homero me comentó hace poco esta tira con tufillo a paradoja de Russel:
Y hoy arremetió nuevamente con el tema:
Deliciosas.
La historia del universo es, en efecto, un enorme y continuo cálculo cuántico. El universo es una computadora cuántica.
Esto obliga a preguntar: ¿Qué calcula el universo? Se calcula a sí mismo. El universo calcula su propio comportamiento.
(Programming the Universe, de Seth Lloyd)
Ayer me recomendaron un juego realmente notable: el Light Bot.
El objetivo del juego es lograr que un robotito recorra su entorno, encendiendo algunas de las baldosas por las cuales camina. Para ello disponemos de acceso a la memoria del robot, pudiendo almacenar allí las instrucciones que lo harán moverse, girar, saltar y encender o apagar las baldosas.
Lo desafiante del juego es que el robot tiene muy poca memoria: 28 instrucciones en total, divididas en 12 principales y dos grupos de 8 para definir dos funciones o subrutinas.
Esta parquedad hace que, tras unos cuantos niveles, tengamos que recurrir a la recursión (chiste no intencional) para ganar, lo cual me pareció realmente delicioso.