Un amigo gusta usar la frase “No creo en imposibles”.
Hace poco, no pude resistirme a señalarle: “En ese caso, creés en un imposible”.
Quedó algo pasmado; espero que no se enoje conmigo por haber descompuesto su frase. Después de todo, ambas imposibilidades no tienen por qué ser del mismo tipo.
Hay una paradoja clásica pero deliciosa, que encuentro aperiódicamente en mis lecturas: la paradoja de los dos sobres.
Nos dan a elegir entre dos sobres con dinero, diciéndonos que uno tiene el doble de dinero que el otro. Una vez que elegimos uno, nos dan la opción de cambiarlo por el otro.
Pensamos: “Sea la cantidad de dinero de este sobre. Si lo cambio por el otro, mi esperanza es de , la cual es claramente mayor que . Por lo tanto, me conviene cambiar.”
Tomamos el otro sobre. Pero antes de abrirlo, pensamos: “Sea la cantidad de dinero de este sobre. Si lo cambio por el otro, mi esperanza es de , la cual es claramente mayor que . Por lo tanto, me conviene cambiar…”
Y así siguiendo. ¿Cómo salir de semejante bucle?
Hay algún tipo de fallo en los razonamientos, pero no es tan claro cuál sea. Aquí pueden encontrar algunas argumentaciones razonables al respecto.