…¿Pero cómo se hace para mirar una cosa dejando de lado el yo? ¿De quién son los ojos que miran? Por lo general se piensa que el yo es alguien que está asomado a los propios ojos como al antepecho de una ventana y mira el mundo que se extiende delante en toda su vastedad. Por lo tanto: hay una ventana que se abre al mundo. Del otro lado está el mundo; ¿y de éste? Siempre el mundo, ¿qué otra cosa va a haber? Con un pequeño esfuerzo de concentración Palomar consigue desplazar el mundo de allí adelante y acomodarlo asomado al antepecho. Entonces, fuera de la ventana, ¿qué queda? También el mundo, que en esta ocasión se ha desdoblado en mundo que mira y mundo mirado. ¿Y él, llamado también «yo», es decir, el señor Palomar? ¿no es también él un fragmento de mundo que está mirando otro fragmento de mundo? O bien, dado que está el mundo de este lado y el mundo del otro lado de la ventana, tal vez el yo no sea sino la ventana a través de la cual el mundo mira al mundo. Para mirarse a sí mismo el mundo necesita los ojos (y las gafas) del señor Palomar.
(Extracto de Palomar, de Italo Calvino)
Septiembre 3, 2008 a las 6:35 pm |
Somos el mundo que reflejado en sí mismo. Que “yo” sufra es fruto de mi voluntad, pues yo soy el mundo que decide ser reflejado en sí mismo. Es esa voluntad de vivir de Schopenhauer, la que hace percibamos el tiempo como algo ajeno a nosotros. ¡Pero si nosotros somos el tiempo que se percibe a sí mismo! Somos un desgarro en forma de bucle del espacio-tiempo que al desgarrarse crea la percepción que tenemos del “tiempo”. Pero el tejido del espacio-tiempo, como tal, no discurre, sino que siempre es.